La mano de Gabo por Isabel Domínguez Seoane

Isa

Siempre me han llamado García Márquez. Bueno, o Gabriel, o Gabo. Me han llamado muchas cosas pero siempre haciendo referencia a la misma realidad. Una realidad que por suerte o por desgracia, no existe. Lo cierto es que sí soy colombiano y por eso mismo estoy aquí tendiéndole mi vieja mano, pegada a mi viejo brazo a este hombre. Un hombre que también me llama Gabriel García Márquez pero que no tiene ni idea de quién es ese viejo al que le da la mano con tanto entusiasmo. Soy yo y no soy yo al mismo tiempo. ¿No le gustan tanto a todo el mundo los fantasmas latinoamericanos? Aquí hay uno. Yo mismo soy un fantasma.

Claro que ese tal Gabo existe. Pero no materialmente, no en mí. Existe en la gente que lo celebra, lo lee o le tiende la mano. Existe en el oficial que está parado delante de mí. No en mí.

Si echo la vista atrás creo que podría contar unos 46 años. 46 son los años que me he dedicado a la carrera militar y este es el momento más feliz de mi vida. La mano de Gabo. Su mano serena y talentosa. Escucho los gritos a mi alrededor mientras pienso que de esos dedos salieron Cien años de soledad y El amor en los tiempos del cólera. Entonces no me cuesta nada recordar a Lucrecia. Sus pechos desnudos sobre mi ombligo y todas aquellas páginas que nos leíamos por las mañanas, después de hacer el amor durante toda la noche de permiso. Saciábamos en unas horas nuestra sed de amor y de palabras. Nosotros poníamos los cuerpos y Gabo las letras.

Claro que ese tal Gabo no existe. Sí materialmente, pero no en mí. En mí sus palabras son mis palabras. Son lo que Lucrecia y yo hicimos de esas palabras. Todos los sudores de aquellas noches.

Soy el narrador omnisciente. Pero he de reconocer que no lo sé todo. Es decir, Gabo no existe y existe al mismo tiempo, dice el fantasma de Gabo. Gabo existe y no existe al mismo tiempo, dice el oficial del ejército, mientras le tiende la mano al fantasma, que no es tal, de Gabo. Esto es todo lo que yo sé como narrador. Ambos se tienden la mano en el desfile de Aracataca. Y, mientras, se espera que yo lo sepa todo porque soy un narrador omnisciente pero son ellos los que lo saben todo. Son ellos los que miran hacia donde yo estoy y guiñan sus viejos ojos. Ojos de fantasma. Como ojos de pez, que están y no están al mismo tiempo. Sus ojos, sus manos y sus fantasmas se cruzan en un instante, en el instante en el que se detiene la fotografía y ambos se reconocen en esa falta de reconocimiento material. Dos manos, un saludo. La despedida. Y se acabó.

________________

Isabel Domínguez Seoane: gallega y estudiante de doctorado.

Advertisements

Deixar unha resposta

introduce os teu datos ou preme nunha das iconas:

Logotipo de WordPress.com

Estás a comentar desde a túa conta de WordPress.com. Sair /  Cambiar )

Google+ photo

Estás a comentar desde a túa conta de Google+. Sair /  Cambiar )

Twitter picture

Estás a comentar desde a túa conta de Twitter. Sair /  Cambiar )

Facebook photo

Estás a comentar desde a túa conta de Facebook. Sair /  Cambiar )

Conectando a %s